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martes, 2 de abril de 2019

Cuentos al estilo del Conde Lucanor 18/19 3º B por Mara Gregor

Preocuparse es sufrir dos veces

Un día, como otros muchos, el conde Lucanor le habló a Patronio:
-Patronio, ando muy preocupado pues mi vecino está en el lecho de muerte y estoy sufriendo inmensamente por él. ¿Tienes algún consejo para aliviar mi dolor?

- Señor conde Lucanor- respondió Patronio- para hacerle ver lo que a mí me parece más sensato, me gustaría que supiese lo que le ocurrió a cierta profesora que daba clases a los niños de un pueblo lejano. 
El conde quiso escuchar aquella historia y Patronio procedió a relatarla: 
- La profesora veía todos los días por la ventana del aula cómo uno de sus alumnos, para volver a casa debía cruzar un puente muy viejo y casi derruido. La mujer tenía un miedo terrible a que el niño se cayese al romperse el puente. Tal era su angustia que por las noches rezaba por el muchacho y pedía que el viaducto aguantase para siempre. Pero un día la pasarela se derrumbó y el chiquillo se rompió una pierna por la caída, lo que hizo que la pobre profesora se lamentase aún más de la desgracia. 
Con esta historia quiero avisarle, señor conde, de que preocuparse por algo es sufrir dos veces, y más aún si ese algo no se puede cambiar, como es la muerte de su vecino. No tengáis pena ahora, pues más la tendréis cuando ese pobre hombre suba al cielo. 
Y el conde apreció este consejo y decidió seguirlo. 
Y a don Juan Manuel le agradó mucho el cuento y se esforzó en componer estos versos: 
                                     El que por un tema demasiado se preocupa
                                     el doble que el resto seguramente sufra

Cuento al estilo del Conde Lucanor 18/19 por Miguel Garrido 3º B

El avaricioso

Otro día hablaba el conde Lucanor con Patronio de esta manera: 

- Patronio, me han prometido que si voy a cierto lugar, me recompensan con mucho dinero. Sin embargo, creo que no es un sitio fiable ni seguro, así que os ruego que me deis un consejo para ver lo que me conviene más. 

- Señor conde,- dijo Patronio- para que hagáis lo que me parece más conveniente, querría contaros lo que le pasó a un muchacho campesino que andaba tranquilamente pro el campo y que era avaricioso.

El conde, intrigado, le dijo que procediera a contarlo y Patronio respondió:
- Señor conde, hubo una vez una villa donde vivía un muchacho avaricioso. Un día, caminando por el campo, vio un pozo lleno de oro y pensó cuál sería la mejor opción. La primera era avisar a los demás campesinos y repartir el oro entre todos. La segunda era hacerlo sin ayuda de nadie y así se llevaría él toda la recompensa. Y como era tan avaricioso, se decidió por la segunda opción. Consiguió bajar al pozo y cuando hubo recogido todo el oro, se dio cuenta de que no podía subir. 
Gritó mucho pero nadie le escuchaba y estuvo allí unos días hasta que le encontraron. 

En cuanto a vos, señor conde Lucanor- concluyó Patronio, ya sé que el dinero te beneficiaría mucho, pero por tu bien, yo te aconsejaría que te quedaras aquí. 

Al conde le pareció bueno el consejo y le fue bien. 
Y como Don Juan Manuel entendió que este ejemplo era muy bueno, ordenó que lo copiaran en este libro e hizo estos versos: 
                                             No seas avaricioso por querer tener todo
                                             es mejor pedir ayuda y repartir la recompensa 

Cuento al estilo del Conde Lucanor 18/19 por Antonio Aguilar 3º B

Otro día el conde le hablaba así a su criado:
- Criado, te voy a pedir un consejo. Un hombre que iba andando por la calle estaba vendiendo fruta, pero yo no llevaba dinero, así que le dije que si me lo daba, yo después le pagaría. Él no aceptó y, casualmente, ese mismo hombre me ha enviado una carta pidiéndome cobijo por una noche. ¿Qué debería hacer?

-Para ayudarle, le contaré un cuento. Una vez, un mendigo que antes había sido rico vagaba por las calles de un pueblo. Tocó en la puerta de la casa de una mujer y le pidió un trozo de pan, pero la mujer no quiso dárselo.
Meses más tarde, el mendigo recuperó su fortuna y la mujer perdió su hogar. Esta fue a pedirle cobijo a ese mendigo y él se lo negó.

- Así que, conde, si desea que alguna vez le devuelvan el favor, no dude.
Al conde le convenció la historia y aceptó. Así que:

                                      Haz el bien y no mires a quién

Cuento al estilo del Conde Lucanor 18/19 por Eva Abad 3º B

Érase una vez, en un antiguo reino de Oriente, había un mercado de especias muy concurrido, en el que se encontraba un sabio anciano vendiendo misteriosas alfombras y tapices. 

Un día se encontró con un chico joven que fue a comprarle una alfombra que tuviera unos bonitos colores bordados. El chico le dijo al anciano lo que buscaba y este le sorprendió contándole esta historia: 

Hace unos años, en este mismo mercado, había un puesto en el que había tres cajas de diferentes tamaños, de las que tenías que escoger una que te costaba cinco monedas. El único inconveniente era que no podías ver el interior hasta que pagaras y no te devolvían el dinero, sólo podías ver el exterior. Una mañana llegó una mujer a la tienda y decidió participar. El  encargado del puesto puso las cajas en su sitio y dijo: "Una caja escogerás y por su apariencia acertarás". La mujer vio que una de las tres cajas resaltaba sobre las otras, ya que era dorada, con piedras preciosas incrustadas y decidió llevarse esa. Cuando abrió la caja para ver qué había comprado, se llevó una gran decepción al ver que en su interior sólo había unos simples trozos de carbón.

Después de contarle la historia al joven, el anciano dijo: "Nada es lo que parece y no te dejes llevar por las apariencias. Yo te puedo vender la alfombra más bonita que tenga, pero puede ser de una pésima calidad y tú, ni saberlo". 

El chico le dio la razón y las gracias, y le dijo que prefería llevarse una alfombra de buena calidad y a la vez bonita. 

Cuento al estilo del Conde Lucanor 18/19 por Raquel Ferrer, 3º B

Una tarde caminaba el Conde Lucanor junto con Patronio por los jardines del castillo, mientras mantenían una conversación:

-Patronio, agradezco sin parar que Dios me haya hecho ser tan bueno en lo que hago, en casi todo a lo que dedico mi tiempo, pero bien es cierto que, hay tantos momentos, últimamente, en los que hay cosas que me salen mal, que casi entro en desesperación cuando fallo en algo que tanto he practicado. Le ruego que me dé algún consejo para este problema sin salida que tengo.

-Señor Conde Lucanor,- respondió Patronio- me temo que consejo como tal no puedo daros, mas una breve historia sí que sería útil que os contara. 

El Conde pidió de buenas maneras a Patronio que le contase la historia.

- Señor Conde Lucanor, - comenzó a hablar Patronio- en una selva lejana, muy lejana y húmeda, de altas palmeras y floridos arbustos, habitaba, entre una gran cantidad de especies diferentes, un pequeño mono. Este monillo del que le hablo era conocido por ser el más ágil de todos los animales de la selva y el resto de monos envidiaban su capacidad de ir de árbol en árbol sin llegar a tocar el suelo, sin llegar a tropezarse ni una sola vez. 
Un día este pequeño mono se levantó y observó que en su árbol preferido ya no quedaban bananas y tuvo que dirigirse hacia uno más lejano para conseguir su desayuno. Por supuesto, para cuando fue a pegar el primer salto, ya estaban observándole todos sus amigos: el resto de monos, los cocodrilos, las serpientes y las aves.
Pero el mono cayó al suelo. Todos se preguntaron cómo era posible que el mono más ágil de la selva cayese al suelo, incluso cuando el hipopótamo había logrado subirse al árbol y realizar un salto como ese  (aunque esa es otra historia). 

Así que, señor conde Lucanor, debéis tener muy presente que hasta los monos se caen a veces de los árboles. Y no dude que vos seguiréis cometiendo fallos en cosas que tenéis ya muy dominadas, pero eso es algo normal. Así que deje de preocuparse por asuntos de tan poca importancia. O esa es mi recomendación. 

El conde recapacitó y pensó en aquel mono y en lo que Patronio le había dicho, y aprendió a tomarse sus propios errores de una manera diferente y a preocuparse menos y todo le fue mejor. 

                                                 Cosas extrañas pueden suceder,
                                                los monos de los árboles también pueden caer. 

martes, 28 de marzo de 2017

Inventamos historias a partir de una imagen

                                                 Margaret Isabel Dicksee. The child Handel. 1893.

A partir de esta imagen hemos creado relatos como los siguientes: 

En un pueblo lejano, en el cual había una antigua mansión, vivía una gran familia. Según todos los vecinos, aquella familia era algo extraña ya que no se relacionaba con nadie y hacía años que no salían de aquella mansión y no se sabía noticias de ellos.
Diego, el segundo e hijo menor de la gran familia,  tenía unos cinco meses cuando su hermano mayor murió debido a una grave enfermedad. Desde entonces, sus padres lo trataban como si no existiera. Diego desconocía el motivo pero tuvo que vivir con ello, sin embargo a él le gustaba vivir así porque podía hacer lo que quisiera, solo le tenían prohibidas dos cosas: Salir de la casa y entrar en el cuarto que había al final del pasillo.
Más de una vez intentó entrar, no obstante, la puerta estaba cerrada con llave. Comenzó a investigar y descubrió que la llave la tenía su padre ya que lo vio entrar más de una vez en el cuarto prohibido.
Un día, la curiosidad le superó y en mitad de la madrugada se dirigió a robarle la llave a su padre para poder entrar y, así lo hizo. Cuando entró, se encontró con lo que menos podía esperar… ¡un piano de cola! Con paso vacilante, se fue acercando hasta tocarlo, escudriñó todos los detalles y de pronto descubrió que había un nombre inscrito en aquel piano.
Era el nombre de su hermano.
Aquello lo dejó atónito, nunca pensó el motivo por el cual no le dejaban entrar, pero ahora lo entendía todo. Ese era el estudio de su hermano y su padre debía de entrar para recordarlo y no caer en la tristeza del olvido.
No sabía qué hacer, así que lo mejor que pudo hacer fue sentarse y empezar a tocar algunas teclas. La emoción le cegó la mente y no recordó que sus padres y el servicio estaban durmiendo. Al cabo de unos pocos segundos entraron a la habitación sus padres y medio servicio y como pudo observar Diego, no estaban muy contentos de verlo allí.
Le dio igual que lo castigaran ya que pudo estar unos pocos minutos, de una forma u otra , junto a su hermano y eso superaba cualquier castigo.
Ana Torcuato González, 3º B.

Érase una vez una niña de unos once años que tocaba el piano, se iba al sótano de su casa, un sótano un tanto peculiar. Siempre tocaba a solas debido que le daba mucha vergüenza. Un día estaba muy tranquila tocando una partitura del famoso compositor Johann Sebastian Bach, un grande en el mundo de la música.
De repente, entraron en su casa unos desconocidos que parecían que iban a robar, ya que la niña pertenecía a una familia de clase social bastante alta.
La niña, atónita, se asustó y dejó de tocar, las demás personas que entraron se enamoraron de cómo tocaba el piano.
Dieron su identidad, eran seleccionadores de niños músicos con mucho talento, y le dijeron que si se quería ir al gran conservatorio de Marbella. La niña se emocionó mucho y se lo contó a sus amigos y familiares. Hoy en día la chica es una gran pianista en la ciudad de Roma, Italia y tiene un futuro de provecho.
Iván Herrero García, 3º B

EL CHICO QUE SE DEJÓ LLEVAR POR LA MÚSICA
Esta historia trata de un  niño que era rechazado por sus compañeros en el colegio.
A  él, le gustaba mucho la música, en especial tocar el piano. En su casa, él no hablaba del colegio y de su rechazo. Pero sus familiares lo notaban. Sus familiares no sabían que tenía tanta pasión por la música, ni por tocar instrumentos.
En el ático se encontraba un piano antiguo que pertenecía a su abuelo, que tocaba para olvidarse de los problemas en las escuela y ser feliz, una noche su padre escuchó una melodía en el ático y subió. Vio que era su hijo quien tocaba el piano y con qué felicidad lo hacía. Su padre decidió apuntarlo a un conservatorio, allí hizo muchos amigos. El chico fue uno de los mejores músicos del  mundo.
Alejandro Viehweger Navas, 3º B.

    Hacía años que nadie entraba a aquella sala, era el estudio de su abuelo , aquel era un lugar precioso cuando su abuelo vivía .
Pero su abuelo falleció de un grave enfermedad que los adultos llamaban                   “apendicitis”. Eso fue hace muchos años.
Ahora en su casa solo vivían él, su madre y su padre. Sin embargo ahora ellos no estaban en casa y su curiosidad le había llevado delante de la puerta del estudio.
Al final se decidió y giró el picaporte de la puerta, esta se abrió bajo un leve chirrido desagradable y entró en la oscuridad. Tardó un rato en encontrar la lona que cubría la ventana,  la luz inundó la sala y encontró el objeto más valioso de su abuelo, un piano de cola muy antiguo , encima de él había una carta con un sello de lacre.
Abrió la carta en la cual su abuelo daba todas sus pertenencias a la caridad, excepto el majestuoso piano, que le había dejado en herencia a él.
 José Antonio Núñez Cortés, 3ºB

En una ciudad de Reino Unido, en casa de los Mathews, vivía una familia; el padre, Rick, la madre, Lory, su hija de 15 años Judith y su hijo de 4 años, Carl.
Un día que los padres estaban fuera, Judith tuvo que cuidar de su hermano pequeño Carl hasta que los padres llegaran de vuelta a casa. Judith estaba estudiando en su cuarto cuando de repente escuchó un ruido en la buhardilla que había en su casa. Judith, asustada por aquel ruido, llamó a sus padres para que vinieran rápido porque a ella le daba mucho miedo subir sola. Cuando llegaron los padres a casa, subieron con Judith a la buhardilla para saber qué era ese extraño ruido. Abrieron la puerta de la buhardilla y quedaron asombrados al ver que el ruido que escuchaban era Carl, que estaba tocando un viejo piano negro que tenían desde hace unos años en la buhardilla.
Al ver que no lo hacía del todo mal, se quedaron arriba escuchando cómo Carl, con solo 4 años, tocaba feliz el piano.
Celia Castro Gutiérrez 3ºB




domingo, 15 de enero de 2017

lunes, 8 de febrero de 2016

miércoles, 25 de marzo de 2015

domingo, 8 de marzo de 2015

jueves, 13 de marzo de 2014

Cuentos al estilo del Conde Lucanor

 

Cuento

   Un día, Rodolfo estaba intentando hacer unos planos para la maqueta de su amigo, sin saber hacerla ni por asomo, aunque le había dicho que sí sabía.
   Llevaba intentándolo toda la tarde y la noche y no podía hacerla. De  la vergüenza que sentía al haber mentido a su amigo, no podía llamarlo para decírselo. A eso de las diez y media de la noche, su madre Roberta Patricia, se preocupó por él. Rodolfo se lo contó todo y su madre le dijo:
- Te voy a contar un cuento parecido a tu situación. 
Rodolfo encantado se dispuso a escuchar muy atentamente mientras la madre empezaba.
- Una vez en un pueblo de España de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía una familia: padre, madre y un niño. Eran muy felices hasta que un día llegaron unos visitantes un tanto peculiares: unos ratones. 
   Los ratones se comían la comida de los estantes y eso molestaba a la familia. Tenían un perro, un esplendoroso podenco andaluz. Siempre protegía a su dueño y al enterarse del asunto de los ratones decidió atacarlos. 
   El perro creía que era muy  fácil ya que lo hacían los gatos. Yendo a su escondrijo, vio que estaban comiéndose la comida de su amo. 
   Se abalanzó sobre ellos, sin saber que cerca de allí había una trampa con un queso. Dado que era un perro, no tenía tanta agilidad como un gato: se tropezó y cayó de golpe en la trampa. Los ratones se percataron y empezaron a reírse del perro, mientras este chillaba de dolor. 
   El perro  dijo a los ratones: 
- ¡Por favor, ayudadme! ¡Siento haber ido a por vosotros!
Los ratones se compadecieron  y lo liberaron. Cuando ya estaba suelto, uno de los ratones dijo:
- Eso te pasa por creerte un gato.

Después del cuento, Rodolfo llamó a su amigo, le contó la verdad y lo arregĺó.
   "No realices las funciones para las que no tienes condiciones." 
                                                                                                   Rafael P.  3ºD 

Las apariencias

A principio del primer trimestre, una niña llegó al instituto. Era bajita, morena y de ojos claros. Tenía una expresión simpática y agradable, lo cual hacía que todo el mundo quisiera ser su amigo y confiara en ella.

  A la niña, que se llamaba Ana, le  gustaba mucho escuchar los secretos de los demás, pero ella nunca contaba nada de sí misma.

   Un día, una compañera, llamada Elena, se sentía mal, y decidió confiar en ella, entonces le contó su secreto.

   Le dijo que hacía un mes había ido al médico porque le daban muchos mareos y muy a menudo. Este le dijo que era diabética y que se tenía que inyectar insulina todos los días, por la mañana y por la noche. Al escuchar esto, Ana no sabía qué decir y solo se le ocurrió decirle que no se preocupara que ella no diría nada a nadie y que si tenía algún otro problema, podría confiar en ella. Elena se sintió mucho mejor sabiendo que podría contar con Ana para lo que fuera, entonces la invitó a su casa para agradecérselo. 

   A partir de  ese momento, se hicieron grandes amigas, pero Ana seguía sin contarle nada de ella. A Elena le parecía algo extraño, pero como tampoco quería parecer una curiosa, no le preguntaba nada. 

   Un día, al llegar al instituto, todo el mundo empezó a mirarla con cara de asco y a reírse de ella. La niña, avergonzada, decidió ir a contárselo a Ana y esta le dijo que no se preocupara que no sería nada. Pasaron varias semanas y la gente seguía despreciando a Elena, hasta que un día en la clase de Plástica empezaron dibujo técnico y un niño, al coger el compás, le dijo a Elena:

-¡Mira Elena, soy un yonki, como tú!

Y la niña respondió:

-¿Pero qué dices?

El niño se empezó a reír y le dijo:

-Vamos, Elena, no te hagas más la tonta, que todos sabemos que te pinchas todos los días, ¡drogadicta!. 

   Toda la clase empezó a reírse, incluso Ana, que estaba sentada a su lado, se rio de ella. 

   Elena no pudo aguantar más y se fue llorando de la clase. Cuando por fin se tranquilizó, fue a buscar a Ana y le preguntó por qué se había reído de ella en vez de defenderla. Esta le respondió que ella no tenía por qué defenderla si nunca había sido su amiga y que ahora, gracias a ella, todo el mundo creía que, en vez de insulina se inyectaba droga. Elena comprendió que no debía guiarse más por las apariencias de los demás, ya que la podrían traicionar, que por muy  buena que pareciera Ana, le demostró lo contrario.

"Cuidado, ¡las apariencias engañan!"

                                                                                                                 Inmaculada J. 3ºD



El rey y el comerciante

Érase una vez, en un pequeño reino, hace mucho tiempo, un rey al que le surgió un problema: debía impresionar a un joven con mucho dinero para poder hacer un trato y que le comprara un establo y una granja. 

   Para impresionarlo le dijo que era mago, que podía hacer el truco más difícil y curar a las personas.

   El joven no se lo creyó del todo pero el rey insistió tanto que, al final, el joven comerciante quedó convencido. 

   Al día siguiente, sonó su puerta, el rey , extrañado, fue a abrir. Era el comerciante con una bolsa de oro para pagar al rey. El rey, entusiasmado, fue a coger la bolsa, pero el comerciante lo paró y dijo:

-Si quieres que yo el dinero te dé, un truco de magia debes hacer. 

   El rey se puso nervioso ya que había mentido sobre su magia. Tan nervioso se puso, que se desmayó . Cuando despertó, el comerciante no estaba y tampoco el oro. 

"Se puede mentir para conseguir una cosa, pero al final te quedará poca cosa".   

                                                                                                                Pablo B. 3ºD

 

El canario y el mirlo

Le pasó a un canario que nunca daba nada.
   Había una vez un canario que era muy malo y no ayudaba a nadie. Una vez un mirlo muy elegante le pidió que le diera un trozo de su pan y el canario, como siempre dijo que no. Varias veces lo intentó el mirlo y varias veces se negó el canario. 
   Cuando el canario tuvo que pedir ayuda al mirlo, este le iba a ayudar pero escuchó susurrar al canario:
- Ja, ja, nunca le doy y él me va a dar, ¡qué pringao!
Entonces como el mirlo escuchó eso, le dijo que no le ayudaría. 

"Ayuda al que lo necesite, porque alguna vez te puede pasar a ti".  
                                                            José Miguel S. 3ºD

                                                                                                     

Un día en la vida de José
  Érase un niño que estaba en clase de Lengua y su maestra le mandó que hiciese una historia inventada por él. José,  que es el nombre el niño, no había tenido nunca muy buenas notas en Lengua, por lo que ese trabajo le serviría para subir su nota. 
   Así pues, cuando regresó a su casa se sentó en su escritorio y se puso a pensar. De pronto empezó a inventar una historia. 
   Era una familia que, aparentemente, parecía perfecta y feliz, en la que todos: el padre, la madre y los dos hermanos se llevaban genial. A ojos de los vecinos, amigos y demás, eran una familia perfecta.
   Pero cada vez que se cruzaban las puertas de su casa, toda aquella apariencia de felicidad desaparecía, ya que los padres se faltaban al respeto mutuamente, los niños se  peleaban y toda la frustración, enfado e impotencia que tenían todos del trabajo, el instituto, peleas o cualquier tontería sin importancia, daba igual lo que fuera, todo era pagado con la familia.

   El hijo mayor (Dani) tenía catorce años y no solía traer a muchos amigos a casa, pero cuando lo hacía, siempre notaba una cara rara y de asombro en sus amigos. Cuando veían la falta de respeto y los gritos que pegaban a su familia, los amigos veían que todo aquello que se apreciaba en la calle era solo hipocresía. Daniel no entendía el porqué de la reacción de sus amigos, ya que él siempre había estado acostumbrado a todos aquellos gritos e insultos. 

   Un día, el 21 de febrero, justo antes del cumpleaños de su hermano menor, Juan, los padres dijeron a los dos hermanos que se iban a dar un tiempo. Él no entendía el porqué y solo preguntaba:
-¿Ya no vamos a comer todos juntos nunca más? ¿Ya no saldremos a jugar al tenis todos juntos? ¿Ya no cenaremos juntos como antes?
Y los padres a todo aquello solo respondían:
- A veces es mejor estar separados, es mejor para nosotros  y sobre todo, para vosobros. 
   Daniel nunca entendió el porqué de esas palabras de su padre. Hasta que un día se paró a pensar y se dijo:
-A lo mejor es que no quiero entender por qué no están juntos, pero en el fondo, lo sé. Da igual que a los demás les asombre el divorcio de mis padres, da igual que solo comenten y me pregunten , porque yo sé que para que una familia funcione tiene que haber respeto, y por mucho cariño que hubiese, sin respeto nada funciona. Ahora mis padres están separados, pero sí puedo decir que tengo una familia, la mejor familia perfecta que pueda haber, porque ahora todos nos respetamos y, aunque ellos no estén juntos, todos nos queremos incluso más. 

   José terminó su historia con aquel punto y final y se dio cuenta de que aquella historia que había escrito era su vida, y reconocer y ver todo lo bueno que trajo la separación de sus padres, pudo hacerle tener una concentración mayor, hacer su historia de Lengua y sobre todo ser feliz junto a su familia perfecta. 

   A veces las cosas no salen como pensábamos y a veces nos pasan cosas que no deseamos, pero podemos intentar ver todo lo bueno que algo aparentemente malo nos puede traer. 
   Es decir, no hay mal que por bien no venga. 
                                                                                         Alba P. 3ºD   
  
Otro cuento
   Este cuento comienza con la historia de un niño de tres años. El pequeño vivía en una familia desestructurada. Su padre renunció al pequeño, y su madre trabajaba y cuidaba al hermano de cuatro meses.
   El pequeño creció y se convirtió en un joven muy independiente. Se acostumbró a hacer siempre todo solo, nunca pidió ayuda a nadie, incluso llegó al punto que repudiaba cualquier clase de ayuda aunque la necesitara. Además era muy callado, nunca hablaba si no lo precisaba la situación.
   El joven era una persona bastante educada y muy buena, con bastante paciencia, él ante todo pedía educación y respeto en su presencia. 
   Todo marchaba bien para él, se convirtió en una persona muy querida por todo el mundo y su vida empezaba a ser perfecta: era el mejor en los deportes, tenía muy buenas notas en los estudios, era bastante conocido y empezó a salir con la chica que siempre le había gustado, en conclusión: lo tenía todo.

   Pero de la noche a la mañana, sus padres quisieron arreglar el pasado para tener una mejor relación con el chico. Su padre se acercaba y  el chico se alejaba, nunca conseguía establecer un lazo completo con su hijo. Con el tiempo, el padre dejó de intentar acercarse al chico, y fue lo peor que podía hacer. Por culpa de esos intentos fallidos, el chico dejó de confiar en la palabra de las personas y terminó siendo una persona bastante fría. 

   Su madre también intentó arreglar el pasado y empezó a prestarle más atención, pero él estaba tan poco acostumbrado, que siempre que hablaban, el chico terminaba gritando, enfadado, porque  se molestaba cpn todo. La madre quiso arreglar tanto el pasado, que no se dio cuenta de que le estaba arruinando el presente y posiblemente el futuro, ya que siempre tenía mal humor por culpa de las mismas discusiones, por intentar tener una conversación decente. 
El mal carácter hizo que perdiera a todos sus amigos, esto hizo que dejara de practicar deporte porque no tenía a nadie con quien practicarlo. Sus notas se transformaron negativamente y su novia le dejó porque no aguantaba su mal carácter. 
   Todo fue como una reacción en cadena y el chico acabó sin nada por culpa de los cambios en su vida y por su maldito orgullo.

   Este cuento te enseña que no te puedes arrepentir de tus errores del pasado y si elegiste un camino no deberías rectificarlo, ya que podría fastidiar otra vida en el presente. Además te enseña que si no te comes el orgullo a tiempo, te puede hacer perder cosas que en realidad sí te importa perder. 

                                                                                      Diego P. 3ºD        

Fábula

   Una vieja cabra iba a pasar y vio una hierba con buena pinta y fue a cogerla. Un ciervo que pasaba por allí fue a quitársela. La cabra intentó que se la diera porque estaba vieja y no comía desde hacía tiempo, el ciervo era joven y tenía más posibilidades de coger más buenas hierbas, pero el ciervo era de cabeza dura.
  Finalmente, se comió la hierba y al anochecer se puso malísimo, al día siguiente murió porque la hoja era venenosa. Por ser agonioso falleció.
La vida, tarde o temprano, te lo devuelve todo.
                                                     
                                                                                  María José R. 3ºD

Otro cuento más

El conde Lucanor nos contó que había una vez un león que tenía ya muchos años y quiso ir a cazar por su cuenta, pero dada su edad, no podía y mandó a un zorro que vivía muy cerca. Le dijo que le daría la mitad de aquella caza.
   El zorro volvió a casa del león con la gran cena. El león hambriento se lo metió todo en la boca. El zorro quiso detenerlo pero no pudo.
   Cuando el león acabó, el zorro replicó preguntándole por qué no le había dado su parte. El león le miró y le echó de casa. El zorro salió enfadado y se preguntaba a sí mismo por qué había ayudado al león.
El león, al día siguiente, se levantó con hambre. Salió a ver si el zorro podía ayudarle a traer algo de comida. Lo vio y lo siguió, diciéndole que esta vez sí iba a compartir. El zorro no se lo pensó dos veces y le dijo que no.
   El león, desesperado,  salió solo y quiso cazar por sí mismo.
   Vio una gacela joven y fue a atraparla, la gacela corrió desesperada y el león se cayó, no pudo andar, se quedó allí sin que nadie se preocupase ni le llevase a su casa . Y aprendió que si quería que le ayudaran, tenía que ayudar o, al menos, cumplir sus promesas.  Y esta es la moraleja.
                                                                       Sophie C. 3ºD