A falta de pan, buenas son tortas
En un pueblecito al sur de Francia, había un joven llamado Pablo. Este joven tenía una familia de mucho dinero, que le concedían todos sus caprichos. Pablo nunca había demostrado el menor interés por querer ocuparse del negocio de su familia, por lo que no sabía más que los estudios básicos, como leer o escribir. Se pasaba el día entero vagando por las calles con sus amigos, sin hacer nada productivo. Su padre, Miguel Ángel, era siempre muy estricto con él e intentaba enseñarle algo que pudiera servirle en un futuro, pero Pablo no le escuchaba.
Un día, su padre falleció de una grave enfermedad. La madre de Pablo había muerto nada más dar a luz, así que Pablo se quedó huérfano.
Los parientes más cercanos eran unos tíos que vivían en una pequeña comarca, cerca de allí. Dora y Juan eran una familia feliz, queridos por todos sus vecinos, pero que nunca habían podido tener hijos. Sus ganancias dependían de una pequeña plantación de maíz y una granja. Pablo, al llegar, pensó que su vida nunca volvería a ser como antes. Sus tíos no eran pobres, pero tampoco disponían de grandes lujos como a los que Pablo estaba acostumbrado. Pasaban los días y Pablo no quería adaptarse a su nueva situación. Pero, al cabo de un tiempo, empezó a darse cuenta de que no tenía otra alternativa y no podía hacer otra cosa, sino empezar a trabajar ayudando a sus tíos. Al principio le costó mucho, pero poco a poco fue aprendiendo más y más cosas.
Al cabo de un año, Pablo ya había aprendido todo lo que tenía que aprender sobre el cuidado y el mantenimiento de la plantación y la granja.
Sus tíos siempre habían sido muy comprensivos y cariñosos, y Pablo se sintió mucho más feliz que cuando era rico y tenía muchos lujos.